Redes Sociales para todos los gustos

Los usuarios se quejan de Facebook con frecuencia, argumentando que hay demasiada publicidad, que en el listado de amigos hay más desconocidos que otra cosa, que la cantidad de notificaciones es tan abrumadora como invasiva y que no es sencillo dar de baja una cuenta en forma definitiva.

Si bien la red creada por Mark Zuckerberg es líder mundial con 1060 millones de usuarios en todo el mundo, según datos de fines de 2012, seguida por Twitter, que es la más poderosa a la hora de generar opinión y difundir contenido, existen redes sociales alternativas, que se caracterizan por no experimentar la saturación del servicio como sucede en las más grandes, y que se basan en una temática particular sobre la cual se relacionan sus usuarios.

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Michel Rolland: “La mejor virtud de un vino es que me guste”

Soñaba de niño con seguir las huellas de James Dean, “pero tratándose de huellas, sólo veía la de los tractores de Pomerol”, en su Francia natal. Michel Rolland (65) nunca se rebeló al mandato familiar de los viñedos, ni siquiera lo fantaseó. A los 17 años comenzó a tomar vino “seriamente”. Llegó a probar unos 450 vinos en un solo día. “Puedo hacer cualquier tontería”, dice con una risotada clara y sonora minutos antes de presentar en sociedad, en el Buenos Aires Grand Hotel, su nuevo libro: Michel Rolland, el gurú del vino . Su título de enólogo llegó en 1970, una carrera que no tenía ningún glamour en esa época; un año de añadas miserables en Francia, según Rolland, que cuarenta años después se convirtió en uno de los enólogos más prestigiosos y consultados del mundo. También uno de los más controvertidos. Su centro de operaciones está en la mítica Bordeaux, pero su tierra por elección es la Argentina, más bien Mendoza, donde tiene su emprendimiento, Clos de los Siete, y su propia bodega. Además, y como parte de su trabajo diario, asesora a unas 100 bodegas alrededor del mundo.

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Cristina perdió la voz y el relato

Por Joaquín Morales Solá

Sólo simula que no le importa. Cristina Kirchner sabe que la aguardan dos años muy arduos con una sociedad sublevada. Intuye que también la acecha el final de su ciclo de poder.

Quería que le ratificaran que eran ciertas las versiones que recibía, contaron muy cerca de ella. Mientras volaba a Perú, agotó los teléfonos de Carlos Zannini y de Héctor Icazuriaga, el poderoso jefe del espionaje oficial, en la ingrata noche del jueves.

Era difícil explicarle que cada cacerolazo es más grande que el anterior. Justo a ella, que sólo acepta buenas noticias, había que contarle que hay un creciente sentimiento opositor que se desliza imperceptible por todo el entramado social. Un vasto fenómeno que esta vez no pudo ser detectado previamente por analistas de opinión pública ni por periodistas ni por políticos, oficialistas u opositores.

Gran parte de la sociedad argentina ha vuelto a ser lo que fue: puede aceptar un tiempo el autoritarismo, pero nunca lo aceptará por demasiado tiempo. Sólo un sagaz conocedor del espíritu argentino, el papa Francisco, estableció hace mucho que los ciudadanos de su país prefieren el consenso antes que la fractura. Es lo que le ha vuelto a decir a la Presidenta, ya sentado en la silla de San Pedro.

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Chequeado

Los discursos políticos y públicos muchas veces distan de ser veraces, y cuando la certeza se aleja de la realidad no siempre se cuenta con las herramientas,y el tiempo, para “chequear” la veracidad de declaraciones.

Para echar “luz” sobre ellas:

 


La tarde en la que acabo el mundo

Arturo Pérez Reverte


La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás.

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El Iceberg del Titanic

Arturo Pérez Reverte


Ayer entré en un bar y no pude tomarme un vermut porque la máquina registradora no funcionaba. Era un chisme con pantalla táctil y casillas determinadas para cada consumición, y se había estropeado. Le dije al camarero que me dijese cuánto debía, y punto. Como toda la vida. Pero respondió que imposible. Tenía que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la máquina funcionase, no podía servir nada. Así que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simpática: un sitio como Dios manda, con moscas, albañiles y borracho de plantilla. La dueña hablaba español con acento entre chino y de Lavapiés. Tomé mi vermut, pagué y dejé propina. Cuando salí a la calle me acordaba del Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en él con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a mí. Cielos. No estaba previsto.

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Retrato de un héroe

Arturo Pérez Reverte


Hay héroes en la vida real. No sólo en el cine, la tele o la literatura. Usted y yo nos cruzamos con ellos con frecuencia, sin reconocerlos. Es injusto, pero así son las cosas. La gente debería llevar su biografía escrita en la cara. En la mirada. A veces la lleva, pero no todo el mundo sabe leer allí. Pocos lo hacen. De cualquier modo, las biografías visibles no son el caso. Los héroes pasan por nuestro lado sin que reparemos en ellos. Se sientan en la terraza del bar, se sujetan a la barra del metro o hacen cola en la oficina del paro, como tantos. Conozco a uno con pinta de pobre diablo: un emigrante rumano que se busca la vida trabajando de albañil en lo que puede. Es joven, de maneras toscas. Un día, camino de la obra, vio que una anciana, a la que no conocía de nada, quería tirarse por la ventana de un tercer piso. El hombre trepó arriba como pudo y la estuvo sosteniendo, jugándose la vida en el vacío, hasta que llegaron los vecinos y los bomberos. Después se fue a acarrear ladrillos, como cada día, y agachó la cabeza cuando el capataz lo abroncó por llegar tarde.

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